jueves, 26 de abril de 2007

Rendevouz

Llevo unos días acordándome de una señora que conocí en el tren.
Hace varios años, yo iba de Madrid a mi tierra a visitar a mis padres y me tocó una señora cincuentona muy parlanchina de compañera de viaje. Ella iba algo más lejos y comenzó a charlar de banalidades pero poco a poco la conversación se animó: el caso es que me contó que era enfermera jefe en un hospital y empezamos a hablar de su trabajo.
A ella le apasionaba y decía que había que afrontar las enfermedades y la vida con cierta dignidad.
Al principio me pareció una actitud muy prepotente pero me equivocaba de lado a lado, ella nunca hablaba del paciente sino de la persona, que por encima de todo era lo que perduraba.
Me gustó su profesionalidad, pensé que cuando llegara mi momento me gustaría estar atendida por alguien como ella.
Y allí, con 22 años, me dí cuenta de que nada es eterno y de lo poco presente que tenemos esa realidad.

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