De repente he intentado recordar cuando fue la última vez que fui a una boda acompañada y me he dado cuenta que solo pasa en ciertas conjunciones cósmicas de astros traducidas por el hecho irrepetible de la bodas de un hermano mayor.
Con mi primer novio fui a la boda de su hermano mayor, y siete años después y muchas bodas de por medio, por fin volví a ir acompañada a la boda de mi hermana con mi último, flamante e inolvidable novio (sin ironía, una persona inolvidable que aportó mucho a mi personita pero que ciertamente no apareció en el momento ideal ni mucho menos en la ciudad ideal)
No sé por qué a la gente le preocupa tanto ir acompañada a las bodas, es como el súmun del éxito social, o que realmente provoca un orgasmo demoledor y los que no lo hemos vivido desconocemos sus efectos. Para mí, cuando se trata de amigos, pues prefiero ir sola, sentarme en la mesa “de los solteros”, tomarme unas copas con viejos amigos, conocer a sus parejas... dejar que me presenten “a ese amigo tan tan simpático y que sería perfecto para ti” y bromear acerca de mi pasado, presente y futuro. No sé que pinta en todo eso llevar un figurín colgado del brazo, imagino que es como llevar al niño a la feria, que se lo pasa muy bien pero tiene que montar en todas las atracciones “con la mama”.
Recuerdo hace un par de años, las bodas de dos de mis mejores amigas una p’al norte y otra p‘al sur, y en ninguno de los dos casos había ningún otro conocido mío en la lista de invitados (bueno, los padres de la novia no cuentan).
El caso es que yo acababa de dejar una relación y estaba de bajón (teniendo en cuenta que la ruptura fue en abril y una boda fue en junio y otra en septiembre el bajón si que me duró, ¡vaya que sí!).
El caso es que no podía decir a mis amigas que no iba, habíamos pasado demasiados ratos buenos y malos, demasiados sustos y berrinches, muchos desayunos “sexo en Nueva York” y mucho apoyo mutuo cuando la vida nos vapuleó. La primera me dijo “pero vendrás tú, ¿verdad?” y ahí es cuando me puse el mundo por montera y dije ¡joder! Es que QUIERO ir, quiero pasar el día con ellas y reírme de las caras que pondremos en las fotos.
Y cada una en su estilo, fueron inolvidables; la primera porque descubrí la hospitalidad andaluza; los amigos del novio se preocuparon de que yo no parara un rato, de enseñarme la ciudad, de bromear y de tratarme como uno más y yo, pues disfruté de la boda de mi amiga como nunca hubiera imaginado. Y la segunda, pues porque aunque era en la ciudad de mi infancia con un grupo de desconocidos, porque todo volvió a ir sobre ruedas.
Ahora me he dado cuenta que no me preocupa ir sola a las bodas, ni viajar sola, lo que me preocuparía y entristecería es no tener con quién compartir todo esto, ni tener amigos que insisten en que les acompañe en sus días especiales.
Eso es para mí una tragedia de las gordas.
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